Akhaana Leydhen de Halfheim (leydhen) wrote in pergamus,
Akhaana Leydhen de Halfheim
leydhen
pergamus

[HIST] Crónicas Imperiales (II)



Título:
Crónicas Imperiales (segunda parte).
Autor:  </a></b></a>leydhen
Género: fantástico (3341 palabras)
Sumario: Es el momento decisivo, el choque final entre el Imperio que lucha por su supremacía y perpetuación, y los Esgrimistas, que persiguen derrocar a los tiranos. En un campo de batalla ensangrentada se obtienen las mayores victorias, las más amargas derrotas y la satisfacción más agridulce y envenenada.
(AVISO:  NO APTO PARA DIABÉTICOS. Intenté disminuir la cantidad de azúcar pero...)
Notas:  el mundo es mío, los personajes son míos y ya sabeis a quién podeis maldecir si decidís leerlo.



Crisil abrió los ojos y permaneció quieta sobre el lecho, mientras intentaba recomponer su cabeza y aclarar su situación. Su mano palpó una tela cálida y suave y sus ojos contemplaron un dosel de seda dorada. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era estar enzarzada en una pelea a vida o muerte con un enorme soldado y después... después nada.

Extendió la mano, buscando su espada, y se quedó helada cuando no la encontró. Ni siquiera llevaba el cinturón que portaba la vaina. Respirando con calma, intentó llamar a la magia, pero estaba tan extenuada tras el largo esfuerzo del combate que no sintió ni el más mínimo asomo. Estaba indefensa.

Se incorporó lentamente. Era hora de que averiguara dónde estaba, qué había ocurrido con la batalla, cuál era su desenlace. Se abrió paso entre las sedas brillantes del dosel, intentando apagar su siseo. De pronto, la muralla de tela se acabó y ella se encontró frente a varios hombres vestidos con armaduras que rodeaban lo que parecía una mesa. Sus ojos vagaron por la tela azabache de la tienda, interrumpida de cuando en cuando por retales de oro, y sintió como su corazón se helaba al distinguir el escudo bordado de un rugiente dragón y la armadura abollada por los golpes que descansaba en un rincón. Ahogó un gemido, llevándose la mano a la boca, y vio atónita como se volvían los rostros hacia ella. ¡Dulce Fuerza! Los generales del Emperador...

Retrocedió espantada sin poder apartar sus ojos de los sarcásticos rostros que la miraban. Sus piernas se enredaron con las cortinas y cayó sobre el lecho, con un alboroto de seda susurrante.

- Podéis iros caballeros.

Crisil empezó a batallar con el dosel que la envolvía, mientras oía como los hombres salían tras saludar a su señor. Cuando consiguió desembarazarse de las telas y se apoyó en los codos sobre el colchón, pudo ver al Emperador, de espaldas a ella. Durante un instante admiró su gallarda apostura antes de que se impusiese el convencimiento de que él era el enemigo. Y aún así no podía evitar aquella admiración, aquella secreta pasión nacida del conocimiento, de su trato continuo con él durante sus meses en la corte.

Nhim se volvió hacia ella, de forma que sólo quedase visible su perfil derecho. Necesitó varios segundos antes de enfrentarle la totalidad de su rostro, y entonces sus agudos ojos se clavaron despiadados en ella, para poder captar por completo su expresión.

La mujer sintió que se ahogaba. Un ronco gemido de espanto logró superar su garganta agarrotada y notó como los ojos se le llenaban de lágrimas. El apuesto rostro de él estaba desfigurado por una horrenda herida que recorría todo el lado izquierdo, naciendo por encima de la ceja y llegando a morir cerca de la comisura de la boca. Aunque era evidente que la habían limpiado y cosido, aparecía inflamada y toda la carne de alrededor tenía un intenso color rojizo.

- Este es el recuerdo que me dejó Jaicob Doone, Crisil... Pero él no podrá lucir nada mío porque lo maté con mis propias manos.

La joven logró superar su horror y la chispa de compasión que se había encendido en su pecho. Las lágrimas que bailaban en sus ojos negros se helaron en ellos y su boca se frunció en un gesto de desafío.

- Los Esgrimistas no hemos sido vencidos.

- ¿Crees eso mujer? Las bajas han sido terribles en ambos bandos- Nhim se plantó frente a ella, con expresión pétrea- Pero os hemos masacrado. La llanura está plagada de cadáveres y la mayoría de ellos no llevan el uniforme imperial.

- No importa...

- Tienes razón. No importa- Nhim esbozó una sonrisa gélida- Has traicionado a tu Emperador, mujer.

Crisil enmudeció. Él había pronunciado esas palabras como si se tratase de hielo escupido por de boca. De pronto, algo semejante a una pesada losa pareció aplastarla contra el lecho.

- Has traicionado mi confianza, Crisil. Te introdujiste en la Corte, espiaste a tu Emperador... ¿y a qué ha conducido todo ello?

- Yo no he cometido ninguna traición. He permanecido fiel a los míos, Emperador- la joven irguió orgullosamente la barbilla, sin hurtar sus ojos desafiantes a su mirada.

- Con tu traición, Crisil, has provocado una guerra- Nhim la interrumpió con un seco gesto, el ceño fruncido- La matanza que hoy se ha cometido es responsabilidad tuya.

- ¡No! ¡Eso no es verdad!- Crisil saltó del lecho y se enfrentó a él, con la indignación tiñéndole el pálido rostro- Los Halfheim son los culpables, por aferrarse al poder como garrapatas hinchadas, alimentándose de la sangre y el dolor del pueblo.

Nhim permaneció impasible, observando cómo aquel grácil cuerpo temblaba.

- ¿Sabes cuál es la pena por traición, Crisil Warenga Nármel?

La joven asintió, recobrando el control de sus emociones. Ella había sido una pieza importante en la rebelión, espiando en la corte durante años, pero el levantamiento se hubiera producido de todos modos. En algún momento, la capacidad del pueblo para soportar la tiranía y la opresión se hubiera acabado y se hubiera alzado en armas, con o sin su intervención.

- ¿Crisil?

La arrogancia de aquel hombre la roía por dentro. La interrogaba como si fuese una niña pequeña recitando la lección del día.

- La muerte por decapitación- una sonrisa desdeñosa y amarga se dibujó en sus labios- Supongo que os concederéis el placer de ser el verdugo, Emperador.

Nhim correspondió a su sonrisa con otra igualmente falta de humor. Durante un instante la contempló, manchada de sangre seca, con el oscuro cabello despeinado y sucio y el rostro tozudamente levantado en gesto de desafío. En sus hermosos ojos negros no había miedo. Estaba dispuesta a acatar su castigo sin pedir clemencia.

- Debes saber algo. La batalla de hoy os ha mermado en número Crisil, pero soy consciente de que algunos han escapado y que hay más brujos esperándoles en sus hogares. Pero ningún Esgrimista se enfrentará de nuevo a mí o a mis descendientes. Perseguiré a los supervivientes, masacraré a todo aquel que tenga lazos con vosotros, ordenaré la muerte de los pocos que no hayan participado en la batalla... No habrá clemencia para ninguno de ellos.

- No la esperaría de vos, Emperador- una mueca burlona se instaló en su cara- Pero no podréis encontrarlos. No sabéis quienes son, ¿o acaso masacrareis a vuestros súbditos esperando acertar por casualidad? Aunque me torturéis no diré nada.

Nhim caminó hacia la mesa y asió un grueso fajo de papeles que le tendió. La mujer vaciló unos instantes y luego dio unos pasos para cogerlo. Allí, línea tras línea llenando los pliegos, estaban los nombres de las familias Esgrimistas, los pueblos donde vivían y el número de miembros. Tragó saliva, sintiendo un nudo doloroso y pesado en la garganta, y luego alzó la mirad hasta encontrarse con los fríos ojos de él.

- Todo es mentira...

- Sí, por eso tu mano tiembla- señaló el Emperador con una torcida sonrisa- Los cazaré a todos como a conejos. Ni un sólo brujo va a amenazar al Imperio.

- ¿Cómo...? ¿Cómo habéis...?

- Hay traición entre tus filas, Crisil. Uno de tus "hermanos" ha ayudado al Imperio- un brillo de burlón desprecio animó su mirada- ¿Cómo si no supe en qué lugar concentraríais vuestras fuerzas con la bastante antelación como para poder atraparos aquí? ¿Cómo iba a conseguir esos nombres?

El nudo en su garganta creció y creció hasta que sólo una hilacha de aire entraba en sus pulmones. Crisil miraba a Nhim, con el rostro demudado por el horror y la incredulidad. ¿Traición? ¿Uno de sus hermanos les había vendido? La idea era tan abominable que le costaba creerlo... pero sólo tuvo que bajar la vista y ver aquellos papeles que sujetaba entre el puño crispado para tener la prueba de que así había sido.

Dio dos rápidos pasos y arrojó la lista al brasero. Las llamas del fuego de turba prendieron rápidamente, devorando el papel con un quedo murmuro.

- Es inútil, Crisil. No imaginarías que esa es la única copia, ¿verdad?- el Emperador agitó la cabeza, sonriendo ahora con abierto sarcasmo- No soy un tonto Esgrimista para hacer algo tan estúpido.

Se volvió y se puso una capa de pesada tela negra. Le tendió otra a la mujer, pero ella lo rechazó con un gesto vago de la mano, con la desolación y la desesperación velándole el rostro. Nhim enarcó una ceja con ironía, pero no dijo nada al respecto, doblando la capa sobre su brazo.

- Ven.

La joven le miró durante unos instantes. Luego algo pareció agitarse en ella, porque irguió los hombros y le precedió al salir de la tienda, con la cabeza bien alta. Nhim no pudo evitar sentir admiración. Se comportaba con más coraje que muchos hombres de armas que hubiera conocido en su vida, y aunque éste le sería reconocido no le serviría de nada.

La muchacha le esperaba junto al círculo de antorchas que, clavadas en el suelo, iluminaban el perímetro de la tienda. Permanecía tiesa como si tuviera atada una estaca a la espalda, fulminando con mirada orgullosa al grupo de Dragones Imperiales que velaba por la seguridad del Emperador.

- ¿Aquí, Emperador? ¿Aquí es dónde cumpliréis la condena?

Él hizo caso omiso de la helada pregunta de Crisil y siguió adelante. Jabek le dirigió una mirada inquisitiva al tiempo que daba un paso hacia él, sujetando el puño de su espada. Nhim le sonrió e hizo un gesto, indicándole que su escolta no era necesaria. Iba armado, todo el campamento estaba lleno de sus soldados y cualquier Esgrimista que no hubiera sido pasado por la espada no sería tan loco como para atacarle ahora. Más bien procuraría poner a salvo su vida huyendo.

Crisil se vio forzada a situarse tras el Emperador, porque desconocía su lugar de destino. Quizás Nhim pretendiera ajusticiarla en los límites del campamento, aunque sería más lógico que lo hiciera en su centro, delante de su tienda. Pero ¿qué importaba? Estaba cansada, tanto física como mentalmente, aturdida por aquella traición por parte de uno de los suyos. Aquello había puesto patas arriba su mundo y no sabía cómo enfrentarse a ello. Quería llorar, llorar por todas las vidas perdidas inútilmente, por todas las esperanzas rotas… pero aquella era la última cosa que haría, porque representaría otra victoria en la cuenta de los Halfheim.

Levantó la cabeza que había dejado caer en un gesto de abatimiento. Sus ojos se clavaron en Nhim, que caminaba gallardo por delante, la capa oscura ondeando tras él. Un sordo dolor se unió al que ya sentía. Dulce y Misericordiosa Fuerza… había llegado a sentir por él un amor totalmente impropio, aún sabiendo quién era y cuál era su herencia. Pero le había sido imposible ignorar el encanto que bullía en él, no hallar atractivo en sus silencios o en su elocuencia… Había actuado como una tonta y ahora tenía que soportar que le doliese el alma ante la perspectiva de que él acabase con su vida.

Nhim condujo a la mujer a través del bullicioso campamento hasta llegar a un pequeño saliente rocoso que había en la colina. Allí el viento azotaba con fuerza y Crisil, que iba abrigada sólo con su jubón de cuero guarnecido con acero, se abrazó intentando ignorar el frío. Era un lugar lo bastante imponente como para resultar un buen marco para una ejecución, aunque olvidó aquello al mirar lo que se extendía a sus pies.

Nhim la había llevado a una especie de atalaya sobre la llanura. Desde allí podía abarcarse casi todo el campo de batalla. La inmensa extensión de hierba estaba iluminada por los fuegos provocados por la magia y por las hogueras que habían encendido los propios soldados imperiales. Bajo aquella rojiza luz se podían ver a los hombres caminando entre los cuerpos tendidos, registrándolos y llevándolos de un lado a otro, para amontonarlos en enormes pilas de cadáveres.

Crisil gimió y se dobló sobre su estómago. Sin embargo no vomitó, aunque sintió que estaba arrojando las entrañas. Compasiva Fuerza… tantos muertos, tanto dolor. Mientras luchaba y contribuía con todas sus fuerzas a aquella matanza, apenas había sido consciente de la muerte, sólo la había percibido como un peligro que alejaba de sí por unos instantes por cada oponente que caía. Y ahora… ¿cuántos de aquellos a los que amó estaban allí? ¿Cuántos de sus amigos? ¿Cuántos familiares? A través del velo turbio de sus lágrimas pudo comprobar que Nhim estaba en lo cierto. Había muchos más cadáveres sin uniforme que con él. Y el campamento que habían atravesado estaba tan lleno de vida pese a los heridos…

- Calculo que hemos acabado con los tres cuartos de vuestra fuerza y los que hayan escapado tendrán que esconderse- Nhim se erguía a su lado, mirando fijamente el campo de batalla. En su voz no había exaltado triunfo pero se percibía satisfacción- Y cuando dé caza a esos pocos habré terminado con la amenaza que suponéis para los Halfheim. Los Esgrimistas desaparecerán de Swordh para siempre.

Crisil le contempló con expresión abatida durante unos instantes, con las lágrimas corriendo libremente por su rostro. Luego su expresión se crispó de odio y dio un paso atrás, con los ojos chispeantes de dolor y desprecio.

- ¿Por qué me contáis esto? ¿Queréis que sufra con el conocimiento antes de matarme? ¿No os basta con quitarme la vida que también deseáis romper mi alma?

- Crisil…

La joven le volvió la espalda y se enfrentó resuelta al pavoroso espectáculo de la llanura ensangrentada. Nhim se situó junto a ella. Notaba la tensión de aquel grácil cuerpo como si fuese algo tangible.

- Crisil, destruiré la lista.

La muchacha volvió el rostro, sobresaltada. Su pálido rostro estaba teñido por las rojeces del llanto, pero en sus bellos ojos negros titilaba el desconcierto y la desconfianza. La vio debatirse, luchando con la idea de hablar, pero finalmente se mantuvo en un airado y orgulloso silencio.

- Destruiré la lista, Crisil. La quemaré ante tus propios ojos y olvidaré que una vez existió.

La joven suavizó su expresión, aunque no disminuyó su cautela.

- ¿A cambio de qué?

- De ti.

- A mí ya me tenéis- espetó Crisil, intentando ignorar el violento espasmo que contrajo sus entrañas ante sus palabras- Podéis matarme como más os satisfaga.

Él negó con la cabeza, mientras una seca sonrisa curvaba sus labios, produciéndole un doloroso tirón en la herida. Clavó sus ojos violetas con fijeza en el rostro de la mujer y empezó a hablar.

- Te quiero para mí en cuerpo y alma Crisil. Destruiré la lista, perdonaré la vida a los tuyos, dándoles una oportunidad para huir o esconderse, sólo si te conviertes en mi Emperatriz.

Sus palabras fueron como una bofetada para la muchacha, que retrocedió mientras lo miraba con la misma expresión con que se contempla a un loco.

- Desvariáis…

- No, y tú lo sabes. Te quiero, sólo los Santos sabrán porqué- Nhim volvió de nuevo la vista hacia la llanura, con la voz teñida de una extraña mezcla de ironía y pasión- Cuando descubriste tu traición hubiera podido arrasar el Imperio con tal de dar contigo y castigarte… pero te seguí amando.

Crisil intentó en vano tragar saliva.

- No sigáis…

- Te ofrezco su vida, Crisil. Cásate conmigo, conviértete en mi Emperatriz y algunos Esgrimistas vivirán para ver un nuevo día.

- ¿Por qué?- Crisil apenas podía hablar. Tenía la garganta seca y agarrotada y un nudo pesado en lo alto del pecho que parecía querer hundirla en el suelo- Soy una Esgrimista. Ahora no tengo poder pero lo recuperaré y entonces, a la primera oportunidad os mataría…

- ¿Estás segura, Crisil?- la sonrisa del Emperador era de tierna comprensión- ¿De verdad lo crees?

La muchacha inclinó la cabeza, reconociendo para sí misma que él estaba en lo cierto. En el fragor de la batalla quizás, y aún así no estaba segura de que pudiera alzar su mano contra él. Y el Emperador lo sabía. ¡Él lo sabía!

- La elección está en tu mano, Crisil- Nhim hizo una pausa y la miró, con una mueca irónica impresa en el rostro, bajo la que se adivinaba una gran tensión- Tú decides si aceptas como dote la vida de los tuyos. O sí, para no unirte al enemigo al que odias, te recrearás en el holocausto.

La joven tembló. No había dos opciones y él debería saberlo. Si el precio para que los Esgrimistas perdurasen era ella, su conversión en Emperatriz, no dudaría ni un instante.

- Os arriesgáis mucho, Emperador… Dejareis vivos a vuestros enemigos.

- La tregua durará lo que dure mi vida- él se encogió de hombros, con los ojos entrecerrados- Aunque logren esconderse de nuestros hijos, Crisil, tardarán siglos en volver a estar en condiciones de levantarse contra el Imperio. No hay riesgos.

Crisil tomó aire y le miró a los ojos. Cuando empezó la rebelión, había asumido la idea de la muerte, pero nunca la de renunciar a la magia. Sustraerse de aquel manto cálido que la había arropado desde su nacimiento, que la había unido a los suyos con unos lazos tan intensos…

- Seré vuestra Emperatriz, Nhim de Halfheim…

- Jamás volverás a utilizar tu magia, Crisil, y nadie sabrá que antes podías hacerlo ¿entiendes bien las condiciones? La Esgrimista morirá para el mundo y si osas contaminar a nuestros hijos con esa peste yo…

- Lo sé, sé a lo que renuncio y lo que pierdo… Yo cumpliré mi palabra- ella apretó los labios en un gesto terco y desafiante- ¿Haréis vos lo mismo?

- Soy el Dragón, Crisil. Mi palabra es ley y es sagrada.

Nhim extendió una mano, reclamándola. No le había dejado otra salida, había estado seguro de su respuesta desde el momento en que ella abrió los ojos en su lecho. Había ganado todo, todos los triunfos eran suyos tal y como le correspondía por derecho.

- Juro solemnemente que destruiré la lista, Crisil, y que no se perseguirá a ningún Esgrimista mientras dure mi vida.

La muchacha colocó su mano sobre la del Emperador, que la sujetó con calidez, y alzó la barbilla con orgullo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

- Juro por la Fuerza que seré vuestra Emperatriz y me sustraeré del uso de la magia mientras dure mi vida.

El Emperador la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza. Mientras él se regodeaba en su triunfo, Crisil clavaba sus ojos en el campo de batalla, la helada mejilla apoyada contra la recia capa. Tenía que grabar esa imagen en su memoria, tenía que recordar con todo detalle aquel horror para no volverse loca en los años venideros, para poder recordar qué le hizo traicionar a los suyos y rechazar la magia, que era tanto como dejar de respirar.

- ¿Qué haréis con ellos?

Nhim siguió la mirada de la muchacha. Los montones de cadáveres habían crecido mucho desde que ellos estaban allí.

- ¿Con los cuerpos? Mi padre y mi abuelo los habrían hecho empalar desde aquí hasta Inskhaban, para que sirvieran de ejemplo- su abrazo se estrechó, como si quisiera sustraerla de aquel horror- Pero yo no soy ellos. Los muertos son muertos y deben descansar en paz, así que ordenaré que los entierren.

Crisil cerró los ojos, dando gracias en su interior. No tendría que ver vejados los cuerpos de sus compañeros.

- Eso os honra…

- No, Crisil. Tú me honras- musitó suavemente Nhim, mientras se inclinaba para besar la pálida frente- Por los Santos… Estás helada.

La joven tembló y permitió que él la arropara tiernamente con la capa que había echado sobre sus hombros. Levantó la mirada y se encontró con sus ojos violáceos, que brillaban intensamente por el deseo. La boca del Emperador cayó sobre la suya, reclamando y tomando, y ella se aferró a él, al conquistador victorioso que parecía ser capaz de alejar de ella el dolor por la mera fuerza de la pasión. Se dejó envolver por su calor, protegida por los brazos de quién destruyó a los suyos y ahora les preservaba a cambio de su rendición. Nhim… había vencido la batalla y había ganado a la esposa que deseaba, pero quizás con ello había condenado para siempre al Imperio.


  • Post a new comment

    Error

    default userpic
  • 0 comments